Me llamo Amalia. Soy maestra de Educación Infantil desde hace 26 años, psicopedagoga, y la creadora de Lil·Lab. Pero si tuviera que presentarme de verdad, empezaría por otro sitio: soy una niña que aprendía distinto y que tuvo la suerte —o la terquedad— de convertir eso en su oficio.
En el colegio yo era la que se movía en la silla, la que empezaba diez cosas y terminaba tres, la que entendía todo pero no de la forma en que lo explicaban. Décadas después le pusieron nombre: TDAH. Para entonces yo ya llevaba años dentro de un aula, en el otro lado de la mesa, mirando a los niños que se movían en la silla con una comprensión que no venía de los libros.
Lo que 26 años te enseñan (y ningún máster te cuenta)
He acompañado a más de dos mil niños. He montado y desmontado aulas enteras un mes de septiembre tras otro. He llorado en el coche después de una reunión difícil con una familia y he celebrado como una final de Champions que un niño de cuatro años dijera su primera frase completa. Y de todo eso he sacado tres certezas:
- El vínculo va antes que el contenido. Ningún niño aprende de alguien que no le hace sentir seguro. La neurociencia lo confirma —la amígdala bloquea el aprendizaje bajo amenaza, como explica Daniel Siegel—, pero cualquier maestra lo sabe desde antes de que existieran los escáneres.
- El ambiente educa más que el discurso. Un aula gritona produce niños gritones. Un espacio ordenado, bello y predecible calma, invita y enseña solo. Es el "tercer educador" del que hablaba Loris Malaguzzi en Reggio Emilia.
- No hay niños difíciles: hay niños que lo están pasando mal. Cambiar esa frase en mi cabeza me cambió la carrera entera.
La formación que le puso nombre a la intuición
La práctica me dio las preguntas; la formación me dio el vocabulario. El máster en Psicopedagogía, la especialización en neuroeducación, la disciplina positiva de Jane Nelsen, las inteligencias múltiples de Gardner, las necesidades educativas especiales. Cada formación fue como encender la luz en una habitación donde yo ya llevaba años moviéndome a tientas: ah, esto que hago desde 2003 se llama andamiaje. Esto otro, aprendizaje significativo.
"La teoría es el mapa. Pero yo aprendí a conducir en el terreno, con niños reales, los lunes por la mañana."
La experiencia que lo cambió todo
Hay una parte de mi historia que no está en ningún título: la discapacidad vista de cerca, en primera persona del plural, en mi propia familia. No la discapacidad de los manuales, sino la de los formularios interminables, las salas de espera, las miradas en el parque y también —sobre todo— la de los avances minúsculos que nadie más ve y que a ti te parten de alegría.
Esa experiencia me sumergió en la inclusión sin pedirme permiso. Y me dejó una convicción que hoy es el corazón de Lil·Lab: un aula accesible no es un aula con rampa; es un aula donde cada niño puede regularse, expresarse y aprender desde su propia esencia.
Por eso existe todo esto
Lil·Lab es la mochila de esos 26 años, abierta encima de la mesa. Los materiales, el Método SAMA, los artículos, las formaciones: todo sale de ahí. No vengo a contarte lo que dicen los libros —aunque los cito, porque el rigor importa—. Vengo a contarte lo que funciona cuando cierras la puerta del aula y te quedas tú sola con 25 universos de tres años.
Esta soy yo. Encantada de conocerte. ✦
Para profundizar
- Siegel, D. y Payne Bryson, T. — El cerebro del niño (Alba Editorial).
- Gardner, H. — Inteligencias múltiples: la teoría en la práctica (Paidós).
- Nelsen, J. — Disciplina positiva (Medici).
- Vygotsky, L. — El desarrollo de los procesos psicológicos superiores (concepto de andamiaje y zona de desarrollo próximo).