Inclusión · Historia de la marca

Enseñar con TDAH: mi lente hacia la inclusión

Tardé años en decirlo sin vergüenza. Hoy sé que mi forma de funcionar no es mi límite: es la razón por la que veo a los niños que otros no ven.

Por Amalia Santapau · Diario de aula


Hay una escena que se repite en casi todas las aulas de infantil: la maestra explica, veinticuatro niños escuchan más o menos sentados, y uno mira por la ventana, se balancea en la silla, se levanta a afilar un lápiz que no necesita afilar. La mayoría de los adultos ve un problema de conducta. Yo veo a alguien que conozco muy bien: me veo a mí.

Soy maestra con TDAH. Escribir esta frase me costó más que sacarme el máster. Durante años funcioné con la estrategia de tantos adultos con neurodivergencia: compensar en silencio, trabajar el doble, y que nadie lo note. Hasta que entendí que ocultarlo no solo me agotaba a mí — también le robaba algo a mis alumnos.

Lo que el TDAH me quita y lo que me da

No voy a romantizarlo. El TDAH me complica las reuniones largas, el papeleo, la burocracia infinita de la escuela. Mi cerebro arranca diez proyectos con la ilusión de un niño en Reyes y necesita andamios externos para terminar tres. He aprendido a construir esos andamios —rutinas, listas, espacios ordenados— y, curiosamente, esos mismos andamios son los que luego diseño para mis alumnos.

Pero también me da cosas que no cambiaría. Hiperfoco creativo cuando algo me apasiona. Radar inmediato para el niño que se está desregulando tres minutos antes de que explote. Y una incapacidad total para creerme que un niño "no atiende porque no quiere" — porque yo sé, en primera persona, que la atención no es una decisión moral: es una función cerebral que se puede cuidar, entrenar y diseñar.

"Mi TDAH no es mi límite. Es parte de mi metodología."

De la experiencia propia a la mirada inclusiva

Mi acercamiento a la inclusión no vino solo del TDAH. Vino también de una experiencia personal cercana a la discapacidad que transformó para siempre mi forma de entender el aula. Cuando la diversidad deja de ser un capítulo del temario y pasa a sentarse en tu mesa de cocina, ya no puedes mirar un aula igual.

Desde ahí construyo lo que hoy es uno de los pilares de Lil·Lab:

Lo que quiero que se lleve un niño de mi aula

Si un alumno mío con TDAH, con TEA, con altas capacidades o con cualquier otra forma de funcionar se lleva una sola idea de su paso por mi clase, quiero que sea esta: tu cerebro no está roto; el mundo simplemente no estaba diseñado para ti — todavía. Y hay adultos trabajando para cambiarlo.

Yo tardé décadas en escuchar esa frase. Que ellos la escuchen a los cuatro años: ese es el proyecto.

La diversidad no es un reto a gestionar. Es la riqueza más grande que puede tener un grupo. ✦

Para profundizar

¿Tienes en tu aula o en tu casa un niño que aprende distinto?

Es mi especialidad y mi historia personal. Escríbeme y busquemos juntos su forma de aprender.

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